Los accidentes pasan… en la casa, en el trabajo, en la calle; y nos pillan de improvisto (lógico, nadie “planea” tener uno). Y lo que viene después de que ocurren son una serie de hechos que el accidentado sólo puede limitarse a contemplar.

El martes 13 de marzo del 2018 me tocó ser “el protagonista” de un accidente. Como todos los días, iba del trabajo a mi casa en bicicleta, en el recorrido que me sé de memoria, con la prudencia y precaución que vengo poniendo en práctica desde que me subí a la bici: casco, luces, conduciendo por ciclovías habilitadas o la calle.

Debemos ser conscientes de la responsabilidad que tenemos al subirnos a la bici. Desde portar todos los implementos de seguridad, respetar la señalética, tener precaución con los peatones, no distraerse con el teléfono, ni menos escuchar música. Puede sonar básico y elemental, pero es frecuente ver este tipo de faltas.

Nada hacía presagiar…

A veces no basta cumplir con las normas del tránsito y no importa si nuestro comportamiento arriba de la bicicleta es criterioso. O sea, eso no nos asegura que de la nada aparezca un tercero, se interponga en nuestro camino y provoque un accidente.

En resumen, eso me pasó. Iba de oriente a poniente por Eliodoro Yáñez acercándome a la intersección con Pedro de Valdivia. El semáforo de esa esquina cambió a luz roja y se empezó a formar el típico atochamiento de autos, que es habitual entre las 6 y las 8 de la tarde durante los días de semana.

Seguí avanzando por la calle, en el espacio que queda entre los vehículos y la vereda (en esa avenida no hay ciclovía… aún), cuando de pronto un pasajero de uno de los autos detenidos en el taco se bajó de improvisto. Me encontré a menos de medio metro con una puerta que se iba abriendo y recibí el impacto de lleno en la rodilla.

Adivinen qué pasó después. Sí, me limité a contemplar lo que pasó: traslado al centro asistencial correspondiente, me examinaron, y al cabo de unas horas estaba de vuelta en mi casa mirando -aún incrédulo- el diagnóstico médico: esguince de rodilla.

“La sacaste barata”

Ese martes 13 me hubiese encantado haber cumplido el panorama que tenía planeado. Pero con el transcurso de las horas y los días vino la reflexión de lo que pasó.

Al compartir en caliente mi experiencia con mis amigos más cercanos, las respuestas (o el consuelo) que recibía eran: “la sacaste barata”, “podría haber sido peor”, “te salvaste”, etcétera.

Sí, tienen razón. Pero me costó encontrarle sentido a esas frases, principalmente, porque primaba una sensación de injusticia: “Si cumplo todas las reglas y no tuve la culpa, ¿por qué me tendría que haber pasado algo así?”, pensaba.

Porque simplemente pasa. Pasa en Santiago, en Concepción, en Argentina, en Estados Unidos… y en Europa. Así es, porque en los países donde el uso de la bicicleta es mucho más común que en el nuestro fue tan frecuente, que bautizaron este tipo de accidentes como “dooring”.

Abrir a la holandesa

Holanda está permanentemente encabezando los rankings que dicen relación con el uso de la bicicleta. No es casualidad, pues llevan años invirtiendo en infraestructura, educación y campañas para fomentar su uso.

Es por eso que desde hace unos 50 años solucionaron el problema del dooring. Precisamente a través de campañas educativas, masificaron entre los automovilistas lo que hoy se conoce como the dutch reach, o “abrir a la holandesa”.

Consiste en usar la mano más alejada de la puerta para abrirla. Esto “obliga” al pasajero a girar su cuerpo, lo que le permitirá mirar hacia atrás y percatarse si es que acaso viene una una bicicleta u otro vehículo.

No me bajo de la bici

Como ya dije, los accidentes pasan. En mi caso fue en bicicleta, pero bien podría haber sido en calidad de peatón o conductor de un auto. Con ese convencimiento, seguiré yendo a trabajar en bici, teniendo aún más precaución.

Si bien el recuerdo del accidente aparece esporádicamente, no me puedo quedar paralizado en esos pensamientos. Ante eso, prefiero salir de nuevo y pedalear… y hacer llegar este mensaje a la mayor cantidad personas, para que ojalá tomemos conciencia de que una buena convivencia vial depende de todos.

Sé que como éste hay muchos casos similares (o con consecuencias más graves), de hecho en nuestro equipo del 100% de los ciclistas, el 100% ha sufrido un accidente en la calle. Sin embargo, el espíritu Biwil es más fuerte y tenemos la convicción respecto de que es el mejor medio de transporte

Lo que me pasó lo uso para ejemplificar que a la ciudad y a las personas aún nos falta mucho por avanzar en infraestructura y educación, para que la bicicleta sea más amigable para una mayor cantidad de personas. En Biwil no perdemos la esperanza en que se está trabajando para ello.

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