Muchos de los artefactos que usamos en nuestra vida cotidiana funcionan gracias a la electricidad: el reloj-despertador, el secador de pelo, el hervidor de agua, etc. De entre ellos, probablemente, los teléfonos inteligentes y los computadores portátiles son los que acaparan la mayor cantidad de nuestro tiempo al día.

Cuando dejan de funcionar, o cuando preferimos cambiarlos por una versión más moderna, por lo general nos vemos enfrentados a tres escenarios:

  1. Si están buenos, intentamos concretar una venta, para pagar parte del nuevo.
  2. Si están buenos o malos, los dejamos guardados en el fondo de algún cajón.
  3. Si de verdad están malos, simplemente los botamos a la basura.

Las dos últimas alternativas representan lo que se conoce como basura electrónica o chatarra electrónica (cuya traducción al inglés es e-waste). En otras palabras, todos aquellos electrodomésticos o aparatos que damos de baja porque no volveremos a ocupar.

Qué pasa en el mundo

El problema es que cada año se genera más y más e-waste. De hecho, el informe E-waste en América Latina: análisis estadístico y recomendaciones de política pública, de la United Nations University, revela que “como resultado de la creciente producción y uso, la cantidad de desechos electrónicos se incrementa alrededor del mundo, alcanzando más de 40.000 kt (kilotoneladas, equivalentes a mil toneladas)”.

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Los países que más generan basura electrónica en el mundo (Fuente: El País).

La investigación explica que, de esa basura, 189 kt corresponden a teléfonos móviles, lo que significa que estos dispositivos representan menos del 0,5% del total. Todo el resto son computadores, electrodomésticos, televisores, reproductores de audio, refrigeradores… y, así, un sinfín de alternativas.

¿Cómo se distribuyen estas cifras? Según un informe de la Organización de Naciones Unidas (ONU), a nivel mundial Estados Unidos, China y Japón son los países que más generan basura electrónica. Sin ir más lejos, tan solo los dos primeros países representan, en forma conjunta, la tercera parte del total.

En tanto, en América Latina se generan cerca de 4.000 kt de e-waste, lo que pareciera no ser tanto si se compara con el total. La mala noticia es que, según las proyecciones, esa cantidad podría aumentar a 4.800 kt en 2018, lo que representa un crecimiento de casi el 70% desde 2009 (comparado con el 55% que se espera para todo el planeta).

¿Por qué es malo?

Para la Organización de Naciones Unidas, este panorama permitiría hablar de un verdadero “tsunami de desperdicio electrónico que podría terminar por extenderse y afectar al medio ambiente en todo el planeta”.

Dicho de otro modo, habrá más peligro mientras más e-waste haya en el mundo. Al respecto, Achim Steiner, ex director ejecutivo del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), señaló que “el mal manejo de este tipo de basura genera cada día mayores daños a la salud y deterioro del medioambiente”.

Estos residuos se consideran peligrosos porque “contienen elementos tóxicos, tales como el cadmio, plomo y mercurio, que requieren una corriente de tratamiento específica y diferenciada al final de su vida útil, que asegure una correcta disposición final de esos elementos para evitar un impacto negativo”.

Hay esperanza

“El e-waste es una tontería económica, porque estamos tirando a la basura una gran cantidad de materiales que pueden ser reciclables. Ya sea oro, plata u otro material valioso, es una cantidad impresionante la que todos tenemos en los aparatos que ya no usamos y no sabemos qué hacer con ellos”, señaló Achim Steiner.

Esta apreciación da paso a un concepto cada vez más usado: minería urbana. Ésta se refiere a que los celulares y los computadores contienen elementos de valor que se podrían recuperar, para que ingresen al mercado productivo como nueva materia prima.

Este tipo de minería urbana, además de tener un impacto positivo sobre el medioambiente y la economía, implica menor costo, ahorro de energía y de los recursos naturales de nuestro planeta que la extracción directa”, explica la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) en su informe Los residuos electrónicos: un desafío para la sociedad del conocimiento en América Latina y El Caribe.

Por eso, el llamado es a extender la vida útil de los equipos electrónicos. Esto implica no cambiarlos tan seguido, reutilzarlos o donarlos a instituciones que se dedican a la recolección y reciclaje de e-waste.

“Esto reduce la huella ecológica a través de una menor producción y facilita la disponibilidad de bienes para los segmentos de la población que no pueden acceder a los últimos modelos”, asegura la UNESCO. Nosotros le encontramos toda la razón.

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