Cuando supe que estaba embarazada, algunas personas empezaron a preguntarme qué haríamos con la Penny, nuestra quiltra que adoptamos hace 3 años. Yo no entendía por qué nos hacían esa pregunta.

Ella demanda cuidados y tiempo, pero si algo teníamos claro, es que no seríamos de esas familias que regalan a su mascota cuando se enfrentan a ser papás, y concluí varias cosas de esta nueva etapa...

No cambies la rutina de tu perro, al menos no de manera drástica. Sé más riguroso con el aseo: porque es más seguro para todos. Deja que tu perro reconozca a tu guagua como parte de la manada...

Arma actividades que involucren a tu perro y a tu guagua, date algo de tiempo para salir solo con él, ordena los espacios comunes de tu guagua y tu perro y enséñale a tu hijo a ser su humano.

Cuando supe que estaba embarazada, mis primeras preocupaciones tuvieron que ver con el estado de salud de mi hijo, que estuviera sano y naciera sin problemas. En la medida que fuimos descartando cualquier incertidumbre sobre eso, me enfrenté a cuestiones más domésticas: su dormitorio, qué tipo de cuna íbamos a comprar, qué ropa necesitaba, la silla del auto, etc.

Pero, de pronto, algunas personas empezaron a preguntarme qué haríamos con la Penny, nuestra quiltra que adoptamos hace 3 años. Sinceramente, yo no entendía por qué nos hacían esa pregunta. ¿Había que hacer algo?

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El pequeño Maximiliano durmiendo “a pata suelta”… y Penny también <3

Es cierto que la Penny demandaba -y sigue demandando- cuidados y tiempo, pero si algo teníamos claro, es que no seríamos de esas familias que regalan a su mascota cuando se enfrentan a ser papás de un humano (aunque yo no me considero la mamá de mi Penny).

Desde que adoptamos a la Penny, sabíamos que había ciertas cosas como sacarla a pasear, llevarla al veterinario, bañarla y peinarla eran parte del pack. Varios fines de semana fuera de Santiago se “cayeron” porque no teníamos con quien dejarla y la logística de viajes largos era más compleja porque debíamos pedirle a mis papás que se la llevaran o dejarla en un hotel para perros. Más que eso, no hacíamos muchas cosas diferentes desde que ella llegó. Seguimos invitando a amigos a nuestro departamento y todos sabían que podían llevarse más de algún pelo blanco de recuerdo al subirse a mi auto.

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La Penny… otra vez durmiendo (junto al pequeño Maximiliano).

Entonces, ¿por qué tendría que ser diferente con la llegada de nuestro hijo? Sí. No puedo desconocer que tener que criar demanda tanto o más tiempo que tener un perro en un departamento, pero no veía mayor dificultad en ese proceso.

Yo me crié con un perro. Son muy pocos los años que recuerdo no haber tenido uno. Y crecí de lo más sana. ¿Por qué con mi hijo tenía que ser distinto?

Nunca he entendido a esas parejas que deciden regalar a su mascota cuando se enteran de que serán papás. Encuentro que es un acto tan egoísta e irresponsable. Y yo, desde antes incluso de estar embarazada, tenía claro que eso no pasaría.

En este año con perro + guagua, he confirmado algunas cosas y las redacté a modo de recomendaciones para que le puedan servir a otros que estén recién partiendo con un embarazo:

1️⃣ No cambies la rutina de tu perro. Al menos no de manera drástica. Vivo en un cuarto piso en un edificio sin ascensor. Hasta dos días antes de partir a la clínica, salí a pasear -aunque fuese un ratito- con la Penny. El detalle es que el día previo a parir, me caí porque la Penny se encontró con el poodle que le cae mal y, al correr a enfrentarlo, mi falda se enredó con su correa, las hawaianas no ayudaron a su estabilidad y me fui a tierra. Eso, seguramente, apuró en una semana mi parto. Salvo ese “detalle” nuestra rutina no era muy distinta a antes de estar embarazada. La sacaba un rato breve en la mañana y al llegar, si no estaba muy cansada, salíamos por un rato más largo. Los fines de semana nos íbamos por algunas horas al parque que hay cerca del condominio o subíamos hasta el Parque Peñalolén, lugar muy amigable para los perros.

Cuando estuve en la clínica, mi familia vino a acompañar a la Penny, encargándose de sacarla y alimentarla. Evitamos que ella estuviera fuera de la casa esos días, uno porque mi parto no fue programado y, dos, porque entendíamos que para ella estar en una casa ajena sin nosotros sería aún más estresante. Preferimos que se quedara en el departamento y nos recibiera a los tres cuando volviéramos.

El único gran cambio, además de la llegada de una guagua, es que, desde que mi hijo nació, mi pareja empezó a sacarla en la mañana y en la tarde, tarea que he ido retomando yo con más frecuencia.

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Aquí, los dos jugando muy amigablemente…

2️⃣ Sé más riguroso con el aseo: porque es más seguro para todos. En el caso de la Penny, la desparasitamos intestinalmente cada 3 ó 4 meses, y está con sus vacunas al día. Evitamos a como dé lugar que tenga pulgas o garrapatas, que suelen “pegarse” cuando vamos a la casa de mis papás en el campo. El baño en invierno fue una vez por mes y ahora que está más caluroso, al menos semana por medio. No es fácil bañar a un perro de casi 30 kilos. Algunas veces he preferido llevarla a una peluquería canina para que puedan también cortar sus uñas, y limpiar con mayor cuidado orejas y dientes y vaciar sus glándulas anales, cosas que yo no puedo hacer en la casa.

3️⃣ Deja que tu perro reconozca a tu guagua como parte de la manada. En alguna parte leí que los perros deben comenzar a reconocer las nuevas prendas de la guagua con confianza y seguridad. Por eso, a medida que íbamos comprando cosas para mi hijo, dejábamos que la Penny olfateara todo. Incluso, cuando preparé la maleta para irme a la clínica, ella se echó al lado a observar cómo yo iba guardando toda la ropa. Olfateó cuna, coche, silla del auto, ropa, juguetes. No hubo prenda o mueble que no pasara por su supervisión primero.

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Nuevamente… jugando.

El día que volvimos de la clínica, ella lo pudo olfatear sin mayores advertencias nuestras y fue muy respetuosa. Al principio creímos que se había puesto celosa porque no lo pescaba mucho, pero cuando notamos que si alguno de nuestros familiares o amigos lo tomaba en brazos y se acercaba a la salida, la Penny, con mucha delicadeza pero no menos convicción, se sentaba en la puerta con cara de pocos amigos. Lo entendimos como una forma de asegurarse de que el niño no se iría con un extraño, hasta que ella lo considerara adecuado.

Ahora, si estamos en el parque y llegan más perros que no le den confianza, prefiere quedarse junto a nosotros en vez de jugar; incluso se ha enojado con más de alguno que se ha puesto patudo. Eso lo empezó a hacer cuando yo estaba embarazada y se volvía un poco complicado cuando decidía ponerse a pelear. Con el tiempo, ha ido aprendiendo a manejar su territorialidad, salvo con los poddles. 😞

Cuando llegamos a casa, nos besuquea a los tres y no le prohibimos que lo haga, porque entendemos que es su forma de decirnos ¡por fin llegaron, estaba muy aburrida acá sola!

4️⃣ Arma actividades que involucren a tu perro y a tu guagua. Como mi hijo nació a fines de diciembre (exactamente el 31), mi post natal duró todo el primer semestre del año siguiente. Eso nos permitió disfrutar de varios meses sin frío en los que podíamos salir a caminar. Al principio, porque mi hijo estaba muy pequeño, salía con él en coche. Sin embargo, si tu perro no es calmo al caminar, será poco maniobrable y seguro andar con coche con guagua en su interior y, además, con un perro que puede apurar el tranco en algunos tramos.

Por eso, cuando mi hijo estuvo más grande, empecé a usar el porta-bebé y me resultó mucho más fácil porque el niño va seguro y tienes las manos libres para detener al perro si se pone un poco bruto frente a otro. Hoy, un año después, mi hijo es capaz de reconocer la correa de la Penny y su porta bebé y sabe perfectamente cuándo vamos a salir los tres. Esos paseos son beneficiosos para todos, porque la Penny puede correr en espacios abiertos y mi hijo conocer y disfrutar del barrio.

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Casi como “La creación de Adán”, de Miguel Ángel… pero son Maximiliano y Penny.

5️⃣ Date algo de tiempo para salir solo con tu perro. Hay algunos días en que prefiero dejar a mi hijo durmiendo y salir sola con la Penny. Eso me permite jugar con ella más tranquila y sin repartir mi atención, y ella lo agradece. Si no podemos salir, dejo a mi hijo con su papá o durmiendo y regaloneo a la Penny de manera exclusiva, por ejemplo, echadas en mi cama o cepillándola en el living. En ambas situaciones, dentro y fuera de mi casa, ella aprovecha ese tiempo para lengüetearme o pedirme que juguemos. Sé que ella valora ese tiempo solas, porque se queda muy tranquila y feliz a mi lado.

6️⃣ Ordena los espacios comunes de tu guagua y tu perro. El living, nuestro dormitorio y el de mi hijo son espacios que la Penny ocupó antes de que él llegara. Entonces, había que respetar aquello de que antigüedad constituye grado. La Penny aún se sube a nuestra cama y duerme en el dormitorio de mi hijo, esté él o no durmiendo ahí. Cuando lo dejo en su dormitorio, la Penny entiende que debe quedarse a acompañarlo. Si estamos en el living, ella merodea por ahí a la espera de que mi hijo le muestre las manos para que pueda lengüetearla. Nunca hemos forzado que la Penny comparta espacio con él y que se quede, a pesar de estar incómoda. A veces, creo que le da nervio no poder prever cómo actuará mi hijo, entonces, prefiere retirarse, principalmente, porque como es grandota, de alguna manera sabe que puede hacerle daño.

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Esta foto nos gustó tanto que la volvemos a poner. Aquí se ve a Maximiliano y a Penny, compartiendo de lo más entretenidos en un parquecito, a pleno sol.

7️⃣ Enséñale a tu hijo a ser el humano de tu perro. Desde muy guagua, mi hijo se relacionó con la Penny. Cuando llegó la primera vez, lo lengüeteó y marcó. Un año después, eso no ha cambiado mucho. Con el tiempo, mi hijo también ha aprendido a comunicarse con la Penny, tratando de llamarla a gritos y en su idioma, también nos entiende cuando le pedimos que comparta su galleta o que le tienda la mano para que ella pueda mordisquearlo. También ha aprendido a compartir su comida con ella e incluso el chupete. Jamás le ha hecho daño a propósito. Una vez le ladró, pero fue porque ella estaba durmiendo y, por un descuido mío, mi hijo le tiró los bigotes despertándola de improviso. La segunda vez, por su euforia al jugar, le pegó con la cola en la cara y obvio que la criatura se asustó y lloró. En ambos casos, retamos a la Penny y se fue muy triste a su cama. Luego de un rato, le expliqué (si, le hablo a mi perro) que debía ser más paciente y cuidadosa. Unos minutos  después estaban guagua y perro durmiendo juntos en mi cama. A mi hijo también tuve que decirle que debía ser más cuidadoso (si, le hablo a mi guagua como si fuese una persona más grande) porque la Penny no sabe cómo jugar con alguien pequeño como él. Siempre he tratado de que él entienda que debe ser cariñoso y que la Penny es su gran partner.

Un año después de parir y tres de adoptar a la Penny, puedo asegurar que son pocas las cosas que haría distintas en la relación humano-perro. Claramente, tener una casa con patio sería prácticamente lo único que cambiaría.

Tengo la certeza de que la Penny adora al Maximiliano tanto como él a ella. Sé que van a jugar y se van a acompañar siempre y que mi hijo podrá aprender a querer y a cuidar a otros con la mejor compañera. 

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