La música está presente en todas las culturas. En ocasiones, aun sin entender el idioma de las canciones, éstas nos transmiten algo, tal como cuando éramos bebés: no hablábamos ni una palabra, pero sí podíamos calmarnos y dormir gracias a los dulces sonidos de una canción de cuna.

Y es que al escucharla se generan emociones. Así fue comprobado por el neurocientífico y profesor de Psicología de la Música en la Freie Universität de Berlín, Stefan Koelsch, quien dirigió un interesante estudio junto con sus alumnos de doctorado.

En la investigación se invitó a un grupo de personas para que oyeran ritmos de Occidente, cosa que nunca habían hecho. El resultado fue que todos fueron capaces de reconocer diversas emociones en las piezas que escucharon, lo que nos da un indicio de que, efectivamente, la música comunica algo.

Hay para todos los gustos y para cada ocasión, pero mientras más tipos de música conozcamos es mejor, pues así se activarán nuevas zonas de nuestro cerebro. Por eso es importante ampliar desde niños el abanico de posibilidades para escuchar y disfrutar.

Cada género nos provoca emociones determinadas. Por ejemplo, la música clásica nos entrega paz, relajación, desactivación, sedación. A su vez, un ritmo más activo -como la cumbia, el swing o el rock and roll– nos energiza y nos incita a movernos.

No importa de dónde sea: si es movida, la música nos incita a bailar; si es más pausada nos llevará a momentos de reflexión.

Respuesta del cuerpo

“Cantar o hacer música es muy beneficioso para los niños: al ser estimulados en este sentido, tienen menos problemas de dislexia, y aprenden mucho más rápido los procesos del lenguaje”

La música también afecta nuestro organismo. Se ha visto, por ejemplo, que los latidos del corazón se sincronizan con los diferentes ritmos: con ondas rápidas, éstos se aceleran; y, ante un ritmo más pausado, los latidos disminuyen su frecuencia.

Existen otros estudios que comprueban que también es capaz de alterar hasta las formas más primitivas de vida, como el reino vegetal. Las plantas no tienen canal auditivo, pero sí pueden captar las vibraciones del entorno y dado que la música emite vibraciones, éstas sí pueden ser afectadas.

Por su parte, el mismo Stefan Koelsch señala que cantar o hacer música es muy beneficioso para los niños: al ser estimulados en este sentido, tienen menos problemas de dislexia, y aprenden mucho más rápido los procesos del lenguaje, los matices, la sintaxis y la habilidad para escuchar.

Y así como cierto tipo de ritmos dulces y acompasados producen tranquilidad en los recién nacidos, también se han observado los beneficios que tiene la musicoterapia en adultos y en personas con autismo, quienes pueden utilizar la música para comunicarse mejor.

No importa que no sepamos leer música -son pocos los privilegiados-. Lo que sí importa es sentir su ritmo y tener sensaciones cuando la escuchamos.

Música y sociedad

“Es importante conectarnos con música que nos transporta a escenarios más luminosos y beneficiosos, para romper con los patrones que no nos hacen bien”

Es probable que la música haya estado presente en momentos importantes de nuestra vida a través de canciones que nos marcaron. Ahora nos evocan recuerdos, una escena significativa… y volvemos a sentir la misma emoción agradable, como si nos pudiéramos transportar en el tiempo.

Esas emociones pueden ser agradables o pueden relacionarse con recuerdos que nos generen tristeza, sobre todo cuando nos ha costado o no hemos podido superar esa situación. Cuando nos damos cuenta de esto debemos estar atentos de no caer en la tentación de seguir escuchando esas canciones que sintonizan con nuestro estado y nos mantienen en esa sensación.

Si bien es necesario reflexionar sobre aquello que nos genera tristeza, no es bueno permanecer mucho tiempo en ese estado depresivo. Entonces, es importante conectarnos con música que nos transporta a escenarios más luminosos y beneficiosos, para romper con los patrones que no nos hacen bien.

Lo bueno es que ahora la tecnología permite almacenar música en distintos formatos y dispositivos. ¡Así la podemos escuchar siempre que queramos!

Las canciones que nos ponen tristes nos pueden hacer reflexionar e, incluso, nos pueden hacer llorar para desahogarnos si no hemos podido hacerlo. Pero no es sano seguir cultivando esa tristeza permanentemente, sino que debemos utilizar la música a nuestro favor y caminar hacia una salida más favorable.

Respecto de este punto, Stefan Koelsch expresó que “la música tiene la capacidad de ayudarnos a cambiar nuestro estado de ánimo, si lo deseamos. Desde la neurociencia sabemos que (…) es muy poderosa a la hora de activar cada una de nuestras estructuras emocionales en el cerebro”.

Nuestra calidad de vida puede mejorar en la medida que usemos la música para lograr aquellos estados de ánimo esperados: llenarnos de energía, relajarnos, concentrarnos, subir el ánimo, disfrutar un momento romántico, etc. Después de todo, como dijo Koelsch, “somos criaturas musicales de forma innata desde lo más profundo de nuestra naturaleza”.

Cantar o tocar algún instrumento no es sólo cosa de entretención: la estimulación musical ayuda mucho a desarrollar habilidades cognitivas y sociales.
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Fabiola Silva Allende
Psicóloga de la Universidad de Chile, con un postítulo de Psicología Transpersonal (IFTI) y dramaterapeuta (Edras Chile).