Muchas veces asociamos el concepto calidad de vida con el hecho de comer sano o hacer ejercicio. Sin embargo, esto es parte de algo más grande: de todo lo que implica nuestro estar bien en el mundo; de cómo estamos mirando nuestra vida, considerando las aristas intra e interpersonales.

Un aspecto importante es la responsabilidad personal en nuestra propia calidad de vida, pues a veces nos gusta echar la culpa a otros de lo que nos pasa. Así, dejamos las soluciones en manos externas, y no hacemos la necesaria introspección para determinar nuestro rol y nuestro lugar en el mundo.

Hace poco realicé una intervención en un grupo de colaboradores de una empresa, donde propuse la idea de valorar a los colegas y reconocerles cuando realizaban un buen trabajo. Uno de ellos me dijo: “Dígale eso a los jefes. Son ellos quienes se fijan sólo cuando uno se equivoca, y no dicen nada cuando lo hacemos bien”.

Claro que podría decirles a los jefes, pero en ese momento yo estaba con ellos, que también formaban parte de la organización y son un grupo que comparte a diario. Mi tiempo, mi persona, su persona: estaban en un espacio determinado, dado para construir algo nuevo.

¿Qué quiero decir? Que muchas veces nuestras palabras parecen rebotar en personas que piensan que son otros los que deben hacer cambios, generalmente desde los lugares de poder (como una jefatura, por ejemplo).

Más que de las personas externas, más de quién elijamos como presidente del país… la calidad de vida depende de los pequeños actos cotidianos: sonreír, tener una actitud positiva, etc.

Pequeñas y grandes acciones

Un país más sano es donde los conflictos se pueden resolver con empatía, disposición y con argumentos… no con violencia. Un país donde podamos reconocer nuestros errores, ofrecer disculpas, pedir perdón.

Es muy importante influir en aquellos lugares donde se toman decisiones respecto de nosotros como trabajadores o como ciudadanos. Si estamos en una situación de poder, hay que valorar lo que beneficiará a las personas y su calidad de vida. Pero, al mismo tiempo, es necesario valorar las decisiones diarias que cada uno realiza en torno a su propia vida, a cómo la conduce.

Por ejemplo, en circunstancias en las que tenemos que elegir el próximo presidente de Chile, no basta con manifestarse en las redes sociales, sino que, más importante aún, no debemos quedarnos indiferentes a la hora de emitir nuestro voto y ejercer nuestro derecho a elegir.

Pero cuando pensamos en el país que realmente queremos, no todo se acota a una elección presidencial. También tenemos que enfatizar en los pequeños actos, como saludar a las personas con las que compartimos a diario, dar las gracias, pedir permiso al pasar, etc.

Así se construye un país con una mejor calidad de vida: un Chile donde se respete a todos por igual, y todos tengan acceso a las mismas oportunidades, por muy básicas que parezcan. Por ejemplo, que las personas en situación de discapacidad puedan moverse por las calles o puedan presenciar un show musical desde sus propias sillas de rueda.

No esperemos que los cambios que nos harán más felices vengan siempre de los demás. Aprendamos que nuestra calidad de vida se construye de pequeños y grandes momentos cotidianos.

Un país más sano

La responsabilidad es nuestra, con las actitudes que elegimos día a día: levantarnos y sonreír, saludar, etc. Sólo así podemos transformar un día cualquiera en un gran día… para nosotros y para otros.

Un país más sano es donde los conflictos se pueden resolver con empatía, disposición y con argumentos… no con violencia. Un país donde podamos reconocer nuestros errores, ofrecer disculpas, pedir perdón, y reparar los vínculos rotos. Un país donde nuestros actos, por pequeño que sean, hagan la diferencia para nuestro entorno.

Como psicóloga, quisiera ver que las personas dieran mayor visibilidad a la importancia de recuperar la autoestima; que se conecten con sus potencialidades, con sus capacidades dormidas; quisiera que fuéramos capaces de desarrollar conciencia, pues nuestra salud mental hoy está muy dañada por los tiempos que estamos viviendo.

Nuestro lugar en el mundo es importante: a diario nos topamos con personas diversas, en distintos roles y circunstancias. Somos seres sociales, inmersos en una familia, barrio, comunidad y en un país en el que nacimos y desde nuestro lugar en el mundo podemos hacer la diferencia. Somos seres integrales y nuestro bienestar se relaciona con todo lo que hacemos y dejamos de hacer, con nosotros y con los demás.

No creamos que todos los cambios para mejorar nuestra calidad de vida (personal y como sociedad) vienen de aquéllos que ostentan el poder. La responsabilidad es nuestra, con las actitudes que elegimos día a día: levantarnos y sonreír, saludar, etc. Sólo así podemos transformar un día cualquiera en un gran día… para nosotros y para otros.

Todas las decisiones que tomas repercuten en tu calidad de vida. Por eso hay que evaluar muy bien cuál es nuestro contexto, nuestro lugar y nuestro rol en el mundo… para decidir a conciencia.
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Fabiola Silva Allende
Psicóloga de la Universidad de Chile, con un postítulo de Psicología Transpersonal (IFTI) y dramaterapeuta (Edras Chile).