En cualquier conversación, lo que decimos tiene gran valor para la comunicación interpersonal. Sin embargo, el cómo lo decimos también es muy importante, pues podría marcar la diferencia entre una excelente charla o una fuerte discusión. Por eso, no está demás reflexionar sobre cómo estamos diciendo las cosas.

Esto puede ser advertido en cualquier ámbito. En las parejas, por ejemplo, a veces estamos tan enojados que no pensamos en lo que decimos: expresamos nuestro malestar disparando palabras sin pensar en quien tenemos enfrente.

Está bien expresarnos cuando algo nos molesta, pero no con descalificación o palabras hirientes que puedan dañar una relación. Por el contrario, podemos buscar formas y momentos más oportunos para que la otra persona se quede con el fondo del asunto, y no sólo con la forma (tono de voz, actitud más agresiva, etc.).

Debemos estar atentos a otras situaciones, como cuando debemos entregar una noticia. En este caso, es muy importante pensar cómo la vamos a transmitir: ¿es necesario que el otro esté solo, tranquilo? ¿Tendremos su atención? Todo eso habla de cuidar al otro.

Con los amigos también hay que cuidar las formas. A veces confundimos el hecho de ser honestos y directos con el modo en que decimos lo que pensamos. Por eso, debemos cuidar la impulsividad de nuestro hablar… ya que podría ser perjudicial para nuestras relaciones, sobre todo para las que más nos importan.

En el trabajo

Podríamos pensar que en el trabajo no hay personas trascendentes para nuestra vida, pero lo cierto es que pasamos la mayor parte del tiempo compartiendo con ellas. Por lo tanto, también hay que cuidar las maneras: cómo hacemos una solicitud, cómo conversamos con alguien que cometió un error, etc.

Incluso es necesario prestar atención a la forma en que se hace un reconocimiento a alguien. Porque si se hace sin entusiasmo, sólo al pasar, es posible que el trabajador piense que no son felicitaciones genuinas y que se trata sólo de un gesto hecho por cumplir.

Equivocadamente, existen algunas personas con mayor jerarquía que creen que eso les da derecho a menospreciar a otros y decir las cosas en tono agresivo, amenazante o impositivo, creyendo que así se ganan el respeto de los demás.

En el caso específico de las jefaturas, esto no favorece a los trabajadores, quienes terminan actuando de mala gana cada vez que se sienten pasados a llevar. Por lo mismo, si nos toca ejercer un rol de liderazgo, debemos cuidar el trato, entendiendo que el respeto no se gana con gritos ni malos tratos.

Y ojo, que esto no ocurre sólo a nivel de jefaturas. Conozco oficinas, por ejemplo, donde hay discusiones por el aire acondicionado, por la música que escuchan, por las tazas sucias, etc. Todo eso porque no hay cuidado en la forma de pedir algo o de argumentar.

Ponerse en lugar de otro

Entonces, si nos molestan ciertas formas en la que se relacionan con nosotros, es bueno que reflexionemos sobre cómo lo estamos haciendo en este sentido. Para eso, antes de hablar pensemos en:

  • Considerar al otro y tratarlo con respeto
  • ¿Qué esperamos como resultado de nuestra intervención?
  • Si yo estuviera en su lugar, ¿hablaría de la misma forma?
  • ¿Podemos decir lo mismo de otra manera?
  • ¿Es el mejor momento para hablar?
  • ¿El otro está en condiciones emocionales de escucharnos?

Considerando que estamos en constante interacción con otros y que esos pequeños detalles de cómo se dicen las cosas pueden hacernos sentir bien o mal, tenemos la posibilidad de pensar en qué relaciones queremos construir.

Mirar esta habilidad con la intención de mejorar nuestro propio actuar beneficia a los otros y a nosotros mismos. Cuidar la forma de cómo decimos o hacemos las cosas habla de consideración, respeto y cuidado por los otros; y si comenzamos a cuidarnos, seguro tendremos una mejor calidad de vida.

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Fabiola Silva Allende

Psicóloga de la Universidad de Chile, con un postítulo de Psicología Transpersonal (IFTI) y dramaterapeuta (Edras Chile).